El día que mi hija dejó de leer
- 20 abr
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 21 abr

Mi hija, desde bien chiquitita, amaba y devoraba a los libros. A menudo íbamos a la biblioteca y volvíamos con una cantidad de libros que casi pesaba más que ella misma y en cero coma ya estaban leídos y el ritual se repetía.
A medida que fue creciendo, los libros de dibujos disminuían y en su lugar aumentaban los de contenido escrito. Conjuntamente, nos inventábamos diferentes maneras de leer: tú tres palabras, yo cinco, tú las mayúsculas, yo las minúsculas, tú las que empiezan con una vocal, yo los consonantes… un juego entretenido y divertido.
Recuerdo que el último libro que leímos a medias, fue “La historia interminable”, que está escrita en dos colores diferentes, así nos fue muy fácil, repartir la lectura. Por cierto –se trata de un libro fascinante, nada que ver con la película. Leyéndolo de nuevo, siendo adulta, para mí cobró un sentido mucho más amplio y profundo que cuando lo había leído una y otra vez en la infancia y adolescencia.
Volvemos a mi hija. Un día llegó su decimosegundo cumpleaños. Entre sus amigas y amigos del colegio fue común, que a esa edad se les regalaba su primer móvil.
Así hice yo también, ya que no quería que ella fuera la marginada de la clase. Aparte de ello, a mí ya me iba bien, porque claro, al volverse ella cada vez más independiente e ir sola a la escuela, para mí era una manera de estar tranquila respecto a su creciente autonomía.
El día de su cumpleaños, el día en el cuál le regalé su primer móvil, ese día, ella dejó de leer.
Al principio pensaba que era por la novedad del móvil y que en cuanto se había acostumbrado, se le iba a pasar.
Pero no.
Establecimos un contrato de uso, que incluía tiempo, horarios, prohibición de redes sociales, y más puntos. Sellamos el contrato con juramentos, choque de mano y un abrzao.
Pensaba que con ese contrato, cuyo incumplimiento significaba no sé cuántos días de retirada del mismo dispositivo, todo estuviera arreglado. Fue mi ignorancia absoluta que me hacía estar ciega hacia algo que tenía delante de mis ojos, que era una adolescente enganchada a una de las drogas más potentes que existe desde hace un par de décadas.
La pillé, tras haberse instalado Instagram. Discusión, llanto, remordimiento, días sin móvil. Al cabo de unos días o semanas se repite la historia. Hasta que me rendí.
Lo mismo pasó con los horarios: al principio ella tenía que apagar el móvil antes de cenar. Un día me di cuenta que lo volvía a encender después de cenar y que se pasaba las noches sin dormir, enganchada a la pantalla. Empecé a confiscar y esconderlo. Hasta que me di cuenta de que se conectaba con el ordenador. Llegué a esconder todos los dispositivos electrónicos e incluso el router para así garantizar que al menos durmiera las 8 horas. Una locura. Llegó otro día, me rendí de nuevo. Del todo. No pude luchar más contra algo tanto más grande que yo.
Ahora han pasado unos años, y de vez en cuando veo que ella ha vuelto a leer. No mucho, pero algo es algo. Y, aparte de leer, por suerte existen más cosas que le interesan hacer, fuera del móvil, de las stories, reels&co.
A veces pienso en qué haría si tuviera una máquina del tiempo, si pudiera cambiar la historia, mis decisiones. Qué le diría a mi yo de hace unos años?
Empiezo a sentirme privilegiada por haber nacido en el 1978, por haber crecido con una tele de tres canales, cuyo uso encima estaba restringido. He crecido con las rodillas siempre llenas de tiritas por jugar en la calle todo el santo día. He subido a árboles, me he caído de unos cuantos, he construido cabañas, he sido pirata, bruja, princesa, rana, hidalgo. Me he peleado tantísimas veces con mi hermano, para olvidarnos de la disputa al cabo de un instante y pasar a jugar un partido de pingpong y así a tener una nueva razón para volver a pelearnos.
No quiero decir que un tipo de infancia sea mejor que otro. Lo que me gustaría expresar es mi creciente preocupación por la introducción de pantallas, cada vez más temprana en la crianza. Se trata de un estímulo altísimamente adictivo, que crea unos niveles de dopamina que no puede competir con ninguna subida o caída de un árbol, ni ningún barco de pirata. Sí puede competir con el efecto de sustancias estupefacientes, pero no le vamos a dar un poco de anfetamina a nuestros hijos, verdad?
Pienso que se trata de un tema serio, muy serio, que no solo afecta a madres y padres, sino a toda la sociedad entera, ya que esas generaciones, que vinieron después de que yo fuera pirata, serán algún día personas adultas con unas cuantas habilidades sociales, imprescindibles para la convivencia y el bienestar personal, no desarrolladas.
Y aprovecho para volver a la historia interminable. En la adicción a las pantallas, a los likes, al constante "input" de información veo reflejado el concepto de la "Nada", que Michael Ende identificó hace casi 50 años. La nada que absorbe a nuestra atención, nuestra energía, nuestro tiempo, nuestras habilidades humanas.
Te propongo que solo por un día tomes consciencia respecto a tu propio uso de dispositivos conectados a la red, observando lo que te aporta y de lo que te pueda estar privando. Ahí se halla la libertad de cada una en decidir lo que realmente importa.




Comentarios